No pude gritar lo que el agua murmuraba en mi pecho
cuando mojaba las hojas invernales de una nube en el ocaso.
No puedo susurrar junto a tus lóbulos
dibujados por mis dedos cientos de sueños
lo que los muros hablan a mis ojos ávidos
mientras mis pies se deslizan piedra a piedra
piedra a piedra pisando años
entre las sombras que dejaste con tu Luna al paso.
Pero podría haber entendido como tú mismo o tu deseo
ese desgarrar de alas sobre el vuelo de cada Torre
o aquel gemido feroz de marino salvaje en su pluma.
No puedo decirte tu amor ni el mío
porque no hay expresión numérica
ni fórmula mágica
que describirlo pueda como memoria en un espejo.
Sólo pude abrazarme a tus dedos dormidos un instante
durante la brisa ebria de un estío pasado e insomne
cuando respiré
al fin
la sonrisa de las flores
en una lágrima que esculpía tu cuello
como gota de lluvia manando siempre
siempre entre las rosas
hasta perforar el granito más duro
o la Tierra más muerta.
Puedo sola asirme a un conjunto de fonemas incoherentes
que jamás cobijarás entre tus pétalos o ramas
ni te hablará en la noche de olas
ni de espumas
ni de algas.
Tú no conocerás nunca esa palabra o bruma de perlas
que encierra todos los misterios
entretejiendo risas y poemas
recuerdos e imágenes
como pájaros palpitando una frente marchita
o helada en el silencio.
Tú no entenderás nunca el valor de tu propia sangre
porque es en mis venas donde cobra rostro y vida.
Ni podrás percibir la belleza de una ceja en remolinos
porque sólo yo descubro caracolas
sobre tus mares en calma
o el dolor de ese labio que se te parte
suave
por su centro
como corazón que se debate entre aristas y esquinas
o entre pómulos vibrando por la vida de un árbol verde
en el eco de un viento dorado
o en la tenue caricia de una espiga.
Narci M. Ventanas