Estimada y perpetua maestra:
No voy a preguntarle cómo se encuentra usted, porque sé que mientras yo siga aquí, y tenga ánimos o fuerzas para escribirle esta carta, usted seguirá observándome desde su atalaya.
Con usted aprendí, que la Luna puede tener más caras que un dodecaedro truncado, que un leve roce del filo de cada una de sus aristas es suficiente para guillotinar todos los sueños, ensoñaciones y nostalgias, que tras sus vértices o esquinas se esconden todos los sinsabores y asperezas que la realidad alcanza. Aprendí que los vientos más húmedos pueden convertirse en puñal de hielo cuando se adentran en territorios gélidos, que las nubes casi siempre pasan sin dejar ni una sonrisa para el recuerdo.
Aprendí también, que no todas las aguas son cristalinas, que las estrellas se apagan cuando cerramos los ojos y a veces ya nunca vuelven a encenderse. Aprendí que el sol nos succiona y se alimenta de nuestro sudor y nuestras lágrimas y que no siempre disponemos de una fuente para nutrir de nuevo nuestra piel.
Usted me enseñó a desechar esperanzas vanas, a no buscar un dios en el horizonte, me enseñó que no hay ángeles de la guarda ni príncipes capaces de romper encantamientos o embrujos. Me enseñó que podemos prescindir de casi todo, excepto de usted misma, porque sin usted estaríamos flotando en un océano de sombras del que nada sabemos.
Como puede observar, he tomado buena nota de todas sus doctrinas y en la mayoría de los casos he superado las pruebas prácticas. No obstante, sé que hay lecciones menos arduas, al menos así me lo han contado sus alumnas/os predilectas/os, y me pregunto cuándo me llegará el turno de estudiar y practicar esos temas, porque, sinceramente, ilustre señora Vida, creo que ha llegado el momento de que me hable sobre el perfume de las rosas, sobre el susurro del viento entre las ramas, sobre la fuerza de las olas capaces de cambiar nuestro destino, sobre el aleteo de las mariposas o sobre las suaves caricias que usted misma es capaz de prodigar cuando decide guardar la regleta con la que azota nuestras palmas tan a menudo.
Esperando que su Dios la guarde a usted muchos años…
se despide su resignada alumna.
Narci